Más allá de las buenas intenciones, muchas veces vacuas, con las que regamos cada comienzo de año, esta es una reflexión que parte de mi convicción de que el 2017 es un buen año para recrear el “modelo vasco”.


Acabamos de conocer los resultados del informe PISA sobre el sistema educativo vasco de la Comunidad Autónoma Vasca y Navarra, mostrando para CAV unos resultados significativamente peores a los obtenidos en el pasado. Estos datos han generado un debate político de “superficie”, aunque poco o nada constructivo, que necesita de profundización si queremos que resulte fructífero para nuestra escuela, que por lo demás goza de una mayor financiación y de un sensible menor porcentaje de fracaso escolar que las escuelas de nuestro entorno.

Y es que siendo muy difícil conocer realmente las causas de unos resultados tan sorprendentemente negativos, es vital aceptar que estamos ante una importante llamada de atención al tiempo que alejarse de los análisis simplistas y centrados en una única causa. Parece más razonable pensar que hay múltiples factores en juego: políticas gubernamentales e inversiones, currículums y renovación pedagógica de los centros, condiciones laborales y formación del profesorado, implicación de las familias, responsabilidad del alumnado, etc. Un análisis complejo no debería nunca difuminar las responsabilidades de cada uno de estos actores pero es evidente que debemos tratar de ir más allá de la búsqueda del culpable en la que nos encontramos inmersos.

En todo caso, este artículo no tiene como objetivo central analizar la situación de la enseñanza de forma aislada. Según el análisis que realizamos en Agirre Lehendakaria Center, estos datos negativos se presentan al mismo tiempo que constatamos en nuestro país una pérdida de posición en materia de inversión en innovación en relación con los países de referencia de la UE, un deterioro de las condiciones laborales, un aumento de la desigualdad y el recorte sistemático de nuestra capacidad de autogobierno. Vayamos por partes.

El periodo de crisis económica, social y cultural, que todavía estamos atravesando ha incidido espectacularmente en las inversiones públicas y privadas en materia de innovación. En nuestro caso, después de un esfuerzo inversor enorme en la materia desde el comienzo del autogobierno, a principios de los 80, habíamos conseguido superar la media europea en el año 2008 y nos habíamos marcado como reto alcanzar a los países más avanzados de nuestro continente en el primer cuarto del siglo XXI. Esta decisión no era anecdótica, estaba basada en nuestra propia experiencia y la evidencia internacional en este campo. Aquellas sociedades que invierten en innovación tecnológica y social son competitivas y construyen modelos de desarrollo humano sostenible y aquellos países que no son capaces de priorizar la inversión en innovación pierden el control de su propio destino.

Sabemos que hacer este tipo de inversiones en periodos de dificultad es muy complicado. Pero si en otros momentos complicados, se supo dar una respuesta anti-cíclica apoyada por el conjunto de la sociedad, ahora también podemos hacerlo. El anuncio del Lehendakari Urkullu comprometiendo para esta legislatura un incremento, de al menos un 5% anual, en la partida dedicada a I+D+i es un buen comienzo.

El tercer elemento en crisis está relacionado con los dos anteriores. Por primera vez desde la recuperación del autogobierno, una distribución más equitativa de la riqueza, que es sin duda uno de los elementos fundacionales del denominado “modelo vasco”, comienza a ser puesto en cuestión por los recientes datos que conocemos. Todo ello, a pesar de la importantísima aportación que la RGI –que, a propósito de su actual debate, necesita de ser adaptada y mejorada, pero en ningún caso cuestionada- ha realizado al equilibrio en nuestra sociedad.

Así lo refleja la Encuesta de Necesidades Sociales 2014, elaborada por el Gobierno Vasco, que indicaba que entre los años 2008 y 2014, las rentas del 10% de la población vasca (CAV) más pobre se han reducido un 13,4%, mientras que los ingresos del 10% más rico han crecido un 1,1%. Y también el coeficiente GINI (mide la desigualdad de los ingresos), elaborado por Naciones Unidas, que cae de manera continuada pasando de 28,0 en 1996 a 25,3 en 2012. Pero que en 2014 aumenta al 27,1, “reflejando un nivel de desigualdad similar al observado en el año 2000”, en palabras del informe.

Además, descarrilado el marco autónomo de relaciones laborales por el incumplimiento estatutario, caminamos hacia una equiparación de las condiciones laborales vascas con las del estado español. Un buen número de empresas vascas utilizan los mismos sistemas de contratación temporal y aspiran a ofrecer condiciones laborales precarias, similares a las empresas de Madrid o Andalucía. Todavía recuerdo el llamamiento bienintencionado, a la par que desesperado, del anterior Consejero de Empleo, Ángel Toña, para que las empresas vascas no utilizasen la legislación laboral española de forma generalizada en sus políticas de contratación.

Este factor no es exclusivamente económico. Según los trabajos que hemos realizado durante los últimos años constatamos como la lucha contra la desigualdad ha sido un factor clave para entender la transformación socio-económica del pueblo vasco. Si conseguimos darle la vuelta a la complicada situación de los años 80 y 90 fue debido al aumento de nuestro capital humano, a la colaboración pública y privada y a la mejora de las condiciones de vida de la inmensa mayoría de la población. La transformación vasca no puede entenderse sin esta dimensión social y nunca lo hubiéramos logrado si el beneficio se hubiese quedado en las manos de unos pocos.

Parecería que hemos olvidado esta evidencia y aceptamos sin la necesaria crítica colectiva los modelos de falsa competitividad basados en la precarización de las condiciones laborales. Recientemente Manu Robles-Aranguiz Institutoa hacia público un informe en el que se reflejaba que la parte del PIB que se dedicaba en la CAV a las remuneraciones de las personas asalariadas era del 50,2% en el año 2010, y que se redujo hasta el 47,6% en el año 2015 (del 50,1% al 47,3% en Navarra). Pobre de este país y sus gentes si apostamos por el ajuste salarial para tener presencia en el mercado, en lugar de trabajar la creación de capital humano, la innovación tecnológica y social, la cooperación y la apertura a nuevos mercados.

Por todo ello, necesitamos más que nunca un proyecto propio y diferenciado, solidario con España, con Francia, con Europa… pero propio y diferenciado, tan comprometido y diferenciado como pueda serlo el de cualquier otro País de la Unión Europea.

Este artículo plantea una mirada esperanzada. Pretende llamar la atención sobre la necesidad de “recrear el modelo vasco” -que nos ha llevado a ser una sociedad razonablemente equilibrada y por ello objeto de estudio en varias universidades del mundo-, para construir desarrollo humano sostenible en el futuro. Esto significa ir más allá de comparar nuestros indicadores con los del estado español, pues esto, sin perjuicio de procurarnos una razonable satisfacción, nos alejaría del que debe ser nuestro objetivo: competir en desarrollo humano con las sociedades más avanzadas del planeta.

Estamos a tiempo. Hemos de reconectarnos con el sistema de valores y los comportamientos que han caracterizado al pueblo vasco a lo largo de la historia. Es la K de la cultura vasca la que debe guiar “un nuevo modelo vasco”, basado en nuestras fortalezas como pueblo: competitividad en solidaridad. Mirar la realidad desde nuestra propia identidad para ver un futuro diferente.

Según nuestras investigaciones, la sociedad vasca ha respondido de forma extraordinaria ante situaciones muy complicadas. Antes utilizamos una poderosa palanca de transformación, el espíritu de supervivencia, ahora habremos de utilizar otra, de no menor cuantia, la lucha contra la desigualdad. Se nos abre una nueva oportunidad para mostrar lo mejor de nosotros mismos. Así que, manos a la obra.