[Gonbidatua] opinión
2014/07/03 00:40:00 GMT+2
(Post invitado: Alexander Boto Basteguieta)

En cuántas conversaciones entre amigos habéis oído el siguiente comentario: “Por vez primera en la historia, la generación de nuestros hijos e hijas va a vivir peor que sus padres y madres”. Para arrojar alguna luz a esta cuestión debemos analizar cómo se comporta uno de los componentes fundamentales del desarrollo humano de una sociedad: la desigualdad en la renta.

Hay diferentes maneras de abordar el problema de la desigualdad. Estados Unidos considera muy importante la igualdad de oportunidades sin importarle tanto cómo se distribuye la riqueza. Si el resultado es que hay pocos ricos (los que han alcanzado el sueño americano) y muchos pobres, es porque estos últimos no se han esforzado lo suficiente. Europa, por el contrario, ha valorado históricamente la redistribución de la renta como pilar del estado del bienestar, pero las políticas de austeridad parecen cuestionar estos principios.

Lo que unos y otros tienen claro es que la desigualdad comporta importantes consecuencias negativas para el funcionamiento del sistema y que se debe acertar en la implantación de nuevas medidas. Incluso los pensadores más conservadores admiten que la desigualdad en la renta ralentiza el crecimiento económico y merma la competitividad real de un territorio. No la competitividad basada en la mano de obra barata, sino la competitividad forjada en el conocimiento y la innovación. La competitividad de Alemania no puede entenderse de otra manera.

Además, la desigualdad genera debilidad en la demanda, pudiendo ser el origen de crisis económicas y el desencadenante de un profundo descontento social. Por el contrario, la igualdad de acceso a los servicios públicos, a un crédito que permita desarrollar iniciativas empresariales y a las mismas oportunidades de educación, contribuyen a estimular el crecimiento y la competitividad. No hay más que analizar los datos de los países nórdicos para comprobar que la inversión en equidad no es gasto, sino inversión productiva.

Tomemos como referencia la educación, condición necesaria aunque no suficiente de la igualdad, y pongamos un ejemplo que ilustra los avances realizados en los últimos años en Euskadi y con el que estoy seguro de que muchas personas se sentirán identificadas. En la década de los 80 y 90, ¿cuántos de nuestros padres hicieron un esfuerzo económico personal y familiar para que sus hijos tuvieran la oportunidad que ellos no tuvieron de acceder a la Universidad? Aquel esfuerzo, junto a políticas acertadas de la administración vasca, ha dado sus frutos. Hemos pasado del 70% de trabajadores con estudios primarios o sin estudios al inicio de los años 80 a un porcentaje actual inferior al 6%.

Durante los últimos treinta años, nuestra renta per cápita ha aumentado de forma espectacular, situando a Euskadi en niveles de renta similar a los países avanzados como Alemania, Dinamarca o Francia. Pero ¿cómo se ha distribuido esta renta? ¿Está muy concentrada en pocas manos o distribuida equitativamente?

Entre 1986 y 2012 Euskadi ha mejorado progresivamente la distribución de los ingresos con una reducción de su Índice de Gini, principal índice de medición de desigualdad, pasando de 28 a 25 (el valor cero sería la igualdad perfecta). Este valor solo lo mejora Suecia en toda Europa con un índice de 24.

España, por contra, lleva más de 15 años por encima del índice 30 e incluso lo ha aumentado en estos últimos años de crisis económica. Este grave aumento de la desigualdad está pasando una alta factura a la sociedad española y debiera ser uno de los objetivos estratégicos a largo plazo para consolidar el camino de la recuperación económica. La casa se comienza a construir por los cimientos. No nos engañemos, la desigualdad es resultado de las políticas y de la política.

Un ejemplo significativo, la diferencia entre los ingresos del 20% de la población más rica y del 20% más pobre es de 3,7 en Euskadi, mientras que en España es cercano a 7, uno de los peores resultados de toda la Unión. Observando estos datos, parece claro que el conjunto de la administración vasca lleva implantando políticas de redistribución social con notables resultados, principalmente a través del Sistema Vasco de Garantía de Ingresos que cuenta con un presupuesto superior a 400 millones de euros al año y que son recibidos exclusivamente por el 20% de la población con menores ingresos.

¿Podemos relajarnos y mantener un escenario continuista de nuestro actual sistema impositivo y de protección social de efectos redistributivos? La respuesta es claramente negativa. Sin profundizar en el debate y controversia académica mundial que han suscitado algunas de las propuestas del joven economista francés Piketty en su nuevo libro El Capital en el siglo XXI como el impuesto global a la riqueza, en Euskadi tenemos un muy alto grado de igualdad, pero nuestra presión fiscal es baja en comparación con otros territorios de nuestro entorno.

Nuestra recaudación no llega al 32% sobre el PIB. Únicamente Irlanda tiene menores porcentajes. La media europea se sitúa en torno al 40% y varios países superan el 45% como Francia, Suecia, Bélgica y Dinamarca. El profesor Zubiri confirma que el sistema fiscal actual es injusto ya que la necesaria progresividad podría ser manifiestamente mejorada. El reconocido economista del Gobierno vasco, Alberto Alberdi, aboga en esta misma línea por una reforma fiscal con aumento de presión fiscal del 1,5% del PIB con el fin de mantener el sector público que Euskadi necesita. Para ello propone medidas como la alineación con los tipos en el impuesto de sociedades de los países de la OECD, una reducción o eliminación de las diversas deducciones con traslado de los incentivos por I+D a gasto directo, aumento del IRPF y reducción drástica de las deducciones por pensiones o un incremento de la tributación medioambiental debido a su doble dividendo.

Volviendo a la pregunta inicial, es difícil saber si nuestros hijos e hijas van a vivir mejor o peor, pero en gran parte dependerá de las políticas que aborden la desigualdad. Como afirma Stiglitz, en Estados Unidos si eres pobre y vives en un barrio pobre es muy probable que no tengas la educación que permita ascender en la escala económica. No es que te hayas esforzado menos.

Probablemente, el que escribe no hubiese podido acceder a estudiar en una universidad del Reino Unido sin las ayudas del Gobierno vasco. Probablemente sin ayudas sociales mi sobrino, que nació con discapacidad en el lenguaje, no dispondría de apoyo en su centro educativo. Las políticas públicas dirigidas a reducir las desigualdades económicas son un factor diferencial y anclado en los valores de nuestro pequeño gran país.

Al hilo de estas reflexiones, me gustaría hacer una aportación final sobre la marca Basque Country. Promocionamos nuestro buen hacer empresarial, nuestra cultura y nuestro idioma, las raíces de la economía social, las transformaciones de nuestro modelo productivo, nuestros avances en innovación, pero nunca incidimos lo suficiente sobre nuestro modelo de sociedad igualitaria. Y es el modelo de desarrollo humano sostenible, precisamente, la razón fundamental por la que el caso vasco despierta tanto interés en el ámbito internacional. Primero, las personas, sus capacidades y sus proyectos de vida: nadie puede quedar atrás.

Publicado en DEIA el 2 de julio de 2014.