Si pensamos en innovación, la primera imagen que nos viene a la cabeza es un IPhone y Silicon Valley. Ambos aparecen como los paradigmas de la revolución tecnológica, de las nuevas empresas y los nuevos mercados. Pero no es oro todo lo que reluce, y ambos ejemplos tienen un lado oscuro que solo ahora comenzamos a comprender.

Uno de los principales centros internacionales en materia de innovación es el Institute for Innovation de la University College London. Allí se reúnen algunos de los expertos más renombrados que buscan soluciones innovadoras a los problemas que tiene actualmente la sociedad. Una de ellas, Marianna Mazzucato, publicó un libro que se ha convertido en referencia, titulado “El estado emprendedor”, en el que demuestra que toda innovación radical tiene su origen en la inversión pública. Y lo demuestra con el caso del IPhone. Internet, el GPS, el reconocimiento de voz y otras tecnologías fueron posible gracias a la inversión pública, y sin ellas ni el IPhone ni otras historias de éxito habrían sido posibles.

Charles Leadbeater, uno de sus colegas en el citado Instute for Innovation, ha visitado recientemente Euskadi para compartir ideas y reflexiones sobre innovación y el futuro del trabajo. En un seminario hizo una afirmación demoledora: “Silicon Valley es un milagro tecnológico, una pesadilla social y una catástrofe ecológica. Es el modelo para una sociedad profundamente disfuncional”.

Un reciente estudio de la Universidad de California demuestra como los salarios en Silicon Valley están retrocediendo y solo aumentan los ingresos del 1% que más gana. Y estamos hablando de un lugar en el que ganando 160.000 dólares se tienen dificultades para alquilar una casa y formar una familia. Hoy en día, en todo San Francisco hay verdaderos problemas para contratar a enfermeros y profesoras. Todo ello se basa en un sistema que parece estar diseñado para que los más ricos sean aún más ricos.

Los espacios tradicionales de referencia en el ámbito de la innovación tecnológica y desarrollo empresarial como son el propio Silicon Valley en Estados Unidos, Londres en el Reino Unido o Singapur han permitido que sus niveles de exclusión y desigualdad alcancen cotas históricas y resulta evidente su impacto negativo en el conjunto de la sociedad (número de personas sin techo, precio de la vivienda, gastos de salud, incapacidad para contratar a personas que puedan cumplir con las funciones básicas de las empresas e instituciones, etc). Hoy en día podemos demostrar científicamente que a mayor nivel de inversión en tecnología sin inclusión, mayor nivel de desigualdad. Unas pocas personas y empresas siguen beneficiándose de ese modelo pero resulta contraproducente y muy poco competitivo para el conjunto de la sociedad.

Por esta razón hay que tener mucho cuidado con la tentación de promover procesos de innovación y emprendizaje basado en un modelo individualista que trata de replicar casos de éxito internacionales que encierran una realidad muy compleja y, en muchos casos, oscura. Es el modelo de startup, que nace en un garaje gracias a la genialidad de sus impulsores, pero desconectado de la realidad que le rodea, y que prima el beneficio rápido y no el desarrollo del conjunto de la comunidad.

Manuel Castells lo define muy bien cuando afirma que “El período de triunfo del capitalismo mundial de la información estuvo ligado a la hegemonía de una cultura de individualismo ilimitado, liberalismo económico y optimismo tecnológico”, para sostener, a continuación, que “cualquier reestructuración socioeconómica sustancial del capitalismo mundial implica la formación de una nueva cultura económica (un conjunto específico de valores y creencias que orientan el comportamiento)”.

Como viene diciendo el Lehendakari Ibarretxe desde hace mucho tiempo, la cultura es la clave. Y apostarlo todo a un modelo de innovación basado en valores individualistas y de beneficio personal solo conduce a reforzar sistemas basados en la desigualdad. Además de profundamente injustos, encima estos modelos acaban siendo menos eficientes y competitivos en el mercado. Esta es la realidad en la que se encuentran la mayoría de países latinoamericanos, africanos y asiáticos y puede que dentro de poco sea la de Europa también. Se torna necesario impulsar procesos de innovación que entiendan la competitividad desde el desarrollo humano sostenible y que, por lo tanto, tengan en su base la promoción de la igualdad, el beneficio colectivo, la colaboración y el desarrollo comunitario.

Tampoco hay que irse muy lejos para encontrar modelos que sirvan de inspiración. El propio Leadbeater nos decía que el caso Mondragón era mucho más inspirador que los citados modelos tipo Silicon Valley. Por no hablar del proceso de recuperación del euskera, el Guggenheim, la colaboración público-privada o la pujanza del tercer sector en Euskadi.

Euskadi tiene experiencia y una cultura, entendida como el conjunto de valores y creencias colectivas que condicionan nuestro comportamiento, donde se ha dado mucha importancia a lo colectivo. No es mal punto de partida. Tenemos, por tanto, la oportunidad de abordar los retos de futuro con una perspectiva que incorpore la escucha, la inteligencia colectiva, el desarrollo de prototipos y la colaboración público-privada en plataformas y movimientos integradores. Es una nueva manera de innovar, nuestro propio modelo, que sitúa a las personas, a su desarrollo humano, en el centro de la ecuación. Es innovar por el bien común y no para el bien de unos pocos.

Opinión, por Paul Rios y Gorka Espiau. Publicado en Berria.